miércoles, 25 de junio de 2014

Día Ocho

Hoy he ido con el coche hasta el centro de Las Vegas. En realidad salí sin un destino en concreto, al final, no se porqué, acabé en el Strip. Las luces del gran bulevar de Las Vegas aun centellean haciendo su eterno espectáculo, lo cual no hace sino hacerlo todo aun más vacío y solitario.

El Silencio estaba allí, por supuesto. Está en todas partes.

Aparqué frente al Bellagio. El espectáculo acuático también estaba en curso. Me quedé un buen rato mirándolo mientras el duro sol del desierto se cebaba conmigo. Había olvidado los rigores del verano en Nevada. Me puse a salvo bajo el porche y, a continuación, me preparé para entrar al casino.

El Silencio esperaba dentro, más agresivo que nunca.

Probablemente consideraba un desafío el continuo canturrear de las tragaperras que intentaban, en vano, atraer con sus cantos de sirena a algún pobre diablo, prometiéndole la eterna oportunidad del éxito, si deposita en ellas el miserable jornal ganado con el sudor de su frente . Durante un momento me pregunté si no habría empezado su algarabía en el momento en que me vieron aparecer por la puerta. Como los cachorros de la tienda de animales que te desarman con su cariño mientras te suplican que te los lleves a casa.

Fui de un casino a otro hasta caer la noche.

En todos halle lo mismo, absolutamente nada.

En el Excalibur, cogí una almohada y una manta de un carro del servicio de habitaciones y me acosté en el centro de la sala de juegos. Todo el lugar era ensordecedor con los sonidos de las campanillas y los zumbadores de las máquinas. El reconfortante ruido me fue acunando hasta que caí en un profundo sueño.

Sin embargo, a lo lejos, justo antes de quedar inconsciente, juro que pude ir al Silencio soltar una carcajada burlona. Yo sabía que era para mi.

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