martes, 24 de junio de 2014

Día Siete

Al fin mi teléfono móvil ha sonado. Era mi esposa.

Entre el susto y el desconcierto, tardé un rato en encontrar el teléfono. Lo había dejado cargando en el baño. Atravesé la casa como una exhalación, temiendo que fuera a dejar de sonar en el mismo instante en que lo tuviera en mis manos. Cuando vi quien me llamaba quedé tan aturdido que casi no me atreví a cogerlo. Ojalá no lo hubiera hecho. No contestó nadie. Dije: ¿Hola?. Esperé, grité, lloré. Supliqué por que alguien contestara.

Entonces lo entendí. Era el Silencio, el me había llamado. Le he dado esquinazo durante demasiado tiempo. Poniendo música durante las largas horas de búsqueda por Internet, mientras imprimía sistemáticamente toda información que pudiese parecer útil. Pero me ha llamado. No se va a conformar con que lo acalle, o simplemente lo ignore. Quería que supiera que esta ahí… acechando.

Aguanté un buen rato escuchándolo. Sentí como su ira me traspasaba a través del auricular. Su odio. Pura maldad que se destilaba a cada segundo de ensordecedora ausencia de sonido.

Al final, no pude soportarlo.

Acabé en el suelo, hecho un ovillo. No se cuanto tiempo estuve ahí, pero cuando me atreví a mirar, ya se había puesto el sol.

A mi lado estaba, tirada en el suelo, mi pistola. Ví como mis dedos se enredaban alrededor de su mango. Mi dedo índice se colocó, por si mismo, en el gatillo y, al instante, sentí el frío contacto del cañón bajo mi barbilla.
Rompí a llorar durante… no se, hasta quedar dormido.

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